5 de enero de 2026

Cinco de enero

 Cinco de enero


La mayor de todas las fiestas infantiles (día del niño, 24 de diciembre, el día de la primavera y demás), no cabe duda que es el cinco de enero. Equiparable, en magnitud adulta, al Día de las Madres, el 20 de noviembre, el 15 de septiembre o el destape sexenal; o bien, a las fastuosas aglomeraciones en el Ángel de la Independencia, cuando la selección mexicana tiene por rareza algún triunfo que la afición considere conveniente festejar. El seis de enero, Día de la Epifanía de Nuestro Señor, casi todos los niños mexicanos son mimados.


El seis de enero no hay un ser con más obsequios por derecho que los hijos. Ser padre, un día como ese, es un auténtico cargo de conciencia, si no se tomaron las precauciones del caso y se gastó o prestó dinero con anterioridad. La víspera en la ciudad se da una economía de guerra: El que debe, no paga; Al que le deben, le cobran; y al que le sobra... Se cuida.


Los licenciados en derecho abocados a la materia penal generalmente poseen un arma, la de nuestro personaje era de gran calibre y se decía en el despacho que ya se había llevado a más de tres en el camino… ciertamente no era una perita en dulce…


Era precisamente la mañana del cinco de enero de un año cualquiera, de crisis o de bonanza en la historia de México, cuando una aterradora alarma lo despertó. No era el reloj despertador, casi inútil de la casa, ni siquiera una alerta sísmica o la amenaza de una bomba; Tampoco se trataba el inconsciente telefonazo de un cliente a deshoras de la mañana, o la promoción de una tarjeta de crédito sino la tibia voz de la esposa que murmuró al oído del ceniciento:


— ¿Quieres saber qué le pidieron los niños a los «Reyes Magos»?


Una sonora palpitación se revolcó en el pecho y la presión sanguínea se fue al nivel más alto…


Entre las alarmas psicológicas se oía una descripción de juguetes que por más que la imaginación adulta haga esfuerzos por comprender, siempre es rebasada por la imaginación y el candor del más dócil de los críos…


En ese momento se maldijo por comprar televisión, radio y cualquier otro vehículo de la publicidad, deseó que sus hijos fueran parapléjicos; hasta que se apareciera su suegra y le pudiese pedir prestado sin la menor intención de pagarle (o sea, «sablearla»). Finalmente reaccionó con un dejo de adultez que la circunstancia le permitía, suspiró, se desenrolló las sábanas y pensó lenta y pausadamente, seguro existía el recurso… La chequera estaba vacía; las tarjetas, saturadas; la cartera llena de identificaciones… Obviamente tenía un problema… ¡Un gran problema! ¿Qué niño que tenga padre va a sufrir las contrariedades de no recibir un regalo en la madrugada del día seis?


— ¡Mis hijos! — se respondió para sí


La esposa se afanaba en la cocina de manera estéril para el paladar abogadil acostumbrado a la comida internacional, mientras, a nuestro personaje, por la cabeza le roían las ratas de la culpa y la angustia.


No desayunó, se fue directo a la oficina. No saludó a casi nadie y por tal actitud casi todos se percataron del problema. A la mayoría se le llenó de prudencia el bolsillo y casi todos evitaron el tema, no fuese a pedirles dinero.


— ¡Dora, Dora! — llamó a su secretaria


La incondicional secretaria apareció con diligencia pero con una cierta actitud: de quien ha preparado ya un discurso anti préstamos.


— ¡Dígame, señor!


Inmediatamente que sus miradas se cruzaron, él se percató del drama: ni su fiel secretaria cedería un céntimo en vísperas de «Reyes»


— En cuanto me hable un cliente me lo pasa, y a todos los que me deben aunque sea un trago, pásemelos.


— ¡Sí señor! — cerró Dora.


Como un tigre blanco recién capturado se revolvía en su oficina. Nadie tocaba ni entraba, nadie le ofrecía un café, ningún cliente llamaba y todos los deudores estaban en las antípodas…


Un billete muy modesto se asomó por entre las costuras del saco, con eso… con eso… no alcanzaba para nada. Mientras de la culpa pasaba a la melancolía y de la melancolía a la furia y luego a la indignación, el cinco de enero, pasaba. Transcurría en una auténtica paradoja del tiempo, mientras buscaba quien le prestara o pagara dinero, se fugaba como un amor prohibido. Cuando le buscaban para cobrarle o simplemente cuando no encontraba a nadie; el tiempo, como tortura china, se detenía haciendo de esos momentos una delicada pieza de suspenso.


«Cincuenta, nada más cincuenta», se decía a sí mismo. La única estrategia: esperar a las ofertas y pedirle a su esposa que llenara a los niños con té de jazmín.


— ¿Cuánto les doy? — preguntó su esposa.


— Dos o tres


— ¿Tazas?


— ¡Litros!


Dora se retiró a hacer sus compras temprano, ya que los tumultos en cualquier centro comercial o juguetería son dantescos. Él permanecía en la oficina. Ya no contestaba el teléfono, el último «¡Por supuesto que no!», auguraba una revolución parecida al catorce de julio francés con una fuerte dosis de primavera de Praga, su esposa había obviado parte del proceso de angustia por no tener juguetes y estaba instalada en la ira más abyecta desde las tres de la tarde.


Así como las rosas languidecientes del día de los novios, los políticos en quinto año de gobierno o los pinos más calvos de diciembre; los juguetes que no superan la curva de la opinión infantil, que de plano ya no son de moda, a eso de las cinco de la mañana, están en oferta a un precio muy parecido al real, si además es una imitación, pues son más baratos aún.


Finalmente el reloj pudo distinguir entre un día y otro. Se encaminó en su automóvil hacia el centro de la ciudad, «¡a ver qué rayos conseguía!» Los aparadores estaban auténticamente al alcance del bolsillo de un empresario millonario, pero los estanquillos se mostraban un poco más amables, sin embargo las piezas tecnológicas que sus hijos solicitaban por juguetes estaban a los años luz de sus cincuenta, equivalentes a la distancia entre la tierra y la estrella Alfa Centauris.


Era una subasta, había que correr de aquí para allá, argumentar que un puesto lo ofrecía más barato, o que en aquél lado estaba mejor cuidado… Los dependientes hábilmente entrenados no se dejaban engañar. Alguien gritaba una marca de un juguete, y desde la esquina se oía: «¡compro!». La fluctuación de los juguetes en las calles hacía parecer cosa de niños, la cotización del mercado de valores.


Estaba observando unos juguetes de regular aspecto, cerca de una señora, ella ya se había decidido y con una actitud, muy parecida al camaleón, que tuerce sus ojos de manera tal que uno apunta al norte y otro al sur, la señora deslizó sus manos hacia el bolso. Lo que había sido toda una negociación acabó siendo un duelo, un joven sacó una navaja, y amenazó a la señora que se quedó paralizada… Un grito y el maleante se hacía del dinero ajeno…


Como un mono se abalanzó sobre el ladrón, sacó la pistola y la colocó en la cabeza del truhán, con señas indicó a la señora que lo siguiera, la navaja de afeitar en que se había convertido el arma del asaltante cayó al suelo. Con la mano haciéndole nudos el brazo por la espalda, lo empujó, seguidos ambos por la víctima; el ladrón se quejaba. La muchedumbre le abría paso mientras vociferaba — ¡Policía, policía!


Llegado a una esquina encontró al uniformado que por hacer guardia no sería identificado por sus hijos como rey mago.


— ¡Compañero!, ¡Compañero! — gritó


El aludido se acercó, una breve explicación le bastó. Le revisaron los bolsillos.


— ¿Cuánto le quitó señora? — preguntó a la víctima


— Doscientos — dijo ella, exagerando lo más que se le ocurrió


Sacó del bolsillo del maleante un grueso fajo de billetes de diferentes denominaciones


— ¡Ahí están!, a ver, compañero, esto es para usted... Del fajo salieron varios cientos más.


— ¡Gracias, mi jefe!


— ¿Cómo pudiste comprar todos los regalos, mi amor? — preguntó su esposa visiblemente impresionada por la habilidad de su marido.


27 de octubre de 2025

Libertad efímera

 Efímera libertad

de Ricardo Meade


Efímera libertad


Tan exigua que parece una quimera

dura menos que la incertidumbre,

y me he dedicado a derrocharla.


Recién optas, desaparece,

hasta la siguiente disyuntiva.

La ruta elegida sacrifica caminos

y se convierten en veredas subjuntivas.


Estás ante un dilema,

o una clara conveniencia, parece,

a la distancia,

que siempre se perdió un mejor sendero.


Es tan corta la libertad,

tan largas las consecuencias.

¡Pobres conveniencias!

Y a cada paso, esfuerzos comprados.


Y si cavilar se puede, por mucho el misterio sigue.

¿Me hubieras dicho? Y sin mucho pensar, callaste.

Si hubiera dicho, ¿hubieras contestado?


Libertad derrochada.

octubre 2025


17 de septiembre de 2025

Fumando Espero

 

Fumando, espero

por Ricardo Meade


La atestada sala de espera era un mosaico de la sociedad mexicana; no solo de la ciudad capital, había personas de todas las entidades, en todas las condiciones, de todos los estratos; Unos gemían de dolor pues los analgésicos apenas hacían efecto; las piernas rotas o esguinzadas de los audaces motociclistas; parturientas y niños con molestias o males; mujeres y hombres combatiendo enfermedades que reclaman esfuerzos heróicos y, sin embargo, su victoria no cambiaría en nada la historia. La lucha empieza por conseguir información: ahí se agolpaban los que buscaban un ultrasonido, rayos equis o cosas más sofisticadas, resonancias magnéticas, tomografías; apenas tres filas de bancas diseñadas por un inquisidor español del siglo XV o un interrogador de Guantánamo del siglo XXI. Aun así era preferible estar sentado.

Silvia condujo la silla de ruedas de su suegro junto a la fila, a modo que no estorbara el paso de camillas y otros pacientes; tenía el ojo afinado pues conducía desde los dieciséis años; estacionó a su suegro y se sentó; al lado estaba un paciente, en overol llamativo y con una cobija entre sus manos; Silvia lo miró como lo hace un niño de cinco cuando ve a un adulto distinto en su entorno; Fernando se sintió observado y desde hacía poco esas miradas le molestaban; se sentía un esperpento, así que dirigió una mirada de rechazo, osca;  la cargó con todo el desprecio y odio que su alma tenía hasta que topó con la de Silvia inquisitiva, sorprendida, incrédula.
En un instante que duró nada para los que pudieren estarlos viendo, una neblina arrastró a Silvia al pasado; en el templete “La Encuerada de Avandaro” y todos a coro cantando “Marihuana, marihuana…” otros gritando “¡Tenemos el poder, tenemos el poder”; Las bocinas tronaban con ese “Rock Chicano” cuando las distorsiones se lo permitían; aspiraban la nube de marihuana, se pasaban el peyote y los hongos; unos bailaban, otros dormían; allí estaba la mirada de Fernando con toda esa carga emocional, pero no mirándola a ella sino al policía que quería arrebatarle la cámara.
- ¡Soy periodista, soy periodista!
- ¡Eres traficante!- le respondió el policía
La neblina se disipó levemente y Silvia preguntó, ahí en el hospital:
-¿Fernando?- entonces el arrastrado al pasado fue el aludido
Había llegado a Avándaro, desde la Escandón hasta cuatro caminos en su moto carabela y luego de ahí en camión, se subió en uno de redilas, luego a pie; en el acceso enseñó su cámara, por toda credencial, lo dejaron pasar, bueno, ya para esas alturas dejaban pasar a todos.
Sacó fotos a toda la gente; todavía no empezaba la música y ya había quien estuviera bailando; “amor paz”, decían unos “Peace and love” decían otros y no faltaba el que, muerto de la risa, advertía “no peace and caca”. Jorongos y bikinis, pantalones de mezclilla acampanados, sombreros charros, camisetas de Jim Morrison, gorros de paja inmortalizados en el film. Fotos de los que fumaban, de los que comían; acercamiento extremo a una aguja por allá; robarle un beso a una adicta, otros en el rollo de “haz el amor, no la guerra”. Ni en la Merced había tanto desmadre; ni en la Merced se había él dedicado a tal desorden;  el mayor de toda su vida, hasta entonces.
Y bueno, ese día se estrenó de “dealer”: Un chamán con morral, jorongo, sobrero y huarache; hediondo, manoseando a diestra y siniestra; vendiendo sueños seductores que extraía del morral: Mariguana, peyotes, hongos, agujas con ácido. Hipólito, el traficante, el facineroso, ahora veía la suya; hasta aguardiente vendía y no paraba de abusar. Fernando le sacó fotos y el aludido le mostró un rollo que le serviría para comprar mil rollos y siguió tomando fotos de los soñadores y vendiendo ensoñación. Luego de todo aquello del policía que le quería robar la cámara y la mirada de sorpresa, de indignación e incredulidad de Silvia. Bueno si no es por Silvia se queda sin cámara y sin cobrar.
- ¿Se vale fumar en tu vocho popis?-
-¡Sí se puede!- rió ella y ahí iban penosamente de regreso después de la aventura de Avándaro- pero no es “un vocho popis”, es un Karman Ghuía mil quinientos convertible; ¡Okey, okey, okey! tiene motor y rines de vocho…
- faros de vocho
- sí, sí… pero es una rara belleza
- Pues me salvaste la vida, gracias Silvia
- Y no debiera, estás del otro lado de la ecuación, si publicas esas fotos vas a perjudicar a muchas personas que tenían la intención de pasarla bien, un rato, tranquilos
- ¡Y lo que me faltaba es que me salvara una burguesa norteña! ¿de Monterrey?
- De Chihuahua y ¿tú? ¿De la selva?
- ¡De la calle Progreso, en la Escandon!
Y el humo lejano de los Delicados y los Bensons se disipó, era humo del pasado. En la sala de espera estaba Silvia con su suegro
- Silvia, ¿Qué haces aquí?- Fernando aun pensando en el pasado.
- Soy “la familiar” o “la que sigue” Van a mirar cuanta humanidad le queda a mi suegro ¿y tú?

- Pues sí, algo así… ¡Como tú en Puebla!- Ella asintió.
La neblina le trajo otra música: “¡Tú eres mi hermano, realmente el amigo!...” La multitud era otra, también un crisol, allá bailaban como mexicas, acá cantaban, otros rezaban, otros gritaban porras: “¡Juan Pablo Segundo, te quiere todo el mundo!”
El Karmann Ghia en el acotamiento de la autopista; ni tan lejos regresar, ni tan cerca de llegar…
- ¿Tu vocho pirruris ya no jala? - el motociclista en su Kawasaki Z1 tenia la misma cantidad cilindros que el auto, pero con radiador
- Estos motores son superresistentes- contestó Silvia sin levantar la mirada, hasta que algo en la voz le hizo sacar esos incrédulos, inquisitivos, sorprendidos ojos
- ¿El lado equivocado de la ecuación?- preguntó Silvia
- Le vine a sacar fotos al burócrata de Dios- contestó Fernando, sabiendo que esa respuesta molestaría a Silvia.
Se acordaban de Avándaro, de la larga conversación ideológica; él montado en el pragmatismo; Al final- decía él-  “no estoy haciendo nada malo”; Ella sosteniendo el otro extremo: “hay que hacer el bien, no basta quedarse a medias” y volvieron hablar de los bandidos del Papa, y de los bandidos sin papa.
- ¡Gracias! - se despidió cuando se logró bajar después de pelearse con su vestido de corte recto, quitarse el casco que le dejó horrible el cabello y cuando sospechó que ya no la escucharía pensó en gritar. “Gracias y espero no volverte a encontrar en mi vida”,
- ¿Y cómo recuperaste tu vehículo? - Fernando hizo una pausa antes de “tu vehículo” al fin y al cabo el “vocho popis” ya no era para estos días la leyenda que fue, las personas ven tantos autos de tantas características que solo algún avezado se pone a mirar las cosas viejas.
- ¡Ah! todo un relajo y, ya sabes: era cualquier cosa y en unos minutos lo pusieron en marcha
Ese comentario los pudo otra vez en otro encuentro, ahora sí quedaron callados sin mirarse. Fue en la noche, la ciudad había sufrido una total destrucción, los equipos de rescate, algunas estaciones de radio dando información de alarma; “Los niños del milagro”,” las costureras”, “los topos”, “los perros suecos”… Silvia andaba en su Karmann Ghia distribuyendo tortas a los voluntarios. Fernando estaba hecho una facha, se había metido a sacar fotos y acabó buscando de todo en los escombros: Una revista, un oso de peluche, un perro, una niña, una silla de ruedas, una cobija... recordó una foto de un niño libanes que solo se le veían los ojos de tanto polvo de escombros, así sentía él y con rabia contra el gobierno, contra las instituciones… había visto a todos dedicados a la rapiña; parecía que algunos choferes de ambulancias y algunos bomberos se habían abstenido de robar, pero quién sabe; les sacó fotos a todos, pero el editor solo quería historias lindas.
Así que las viejas miradas tropezaron otra vez, ahora ella le daba una torta hecha por las monjas Vicentinas.
- ¡Mira nada más a quién me vine a encontrar!

-¡Fernando, la equis de la ecuación!
- Ya veo “Tu vehículo” ¡vaya que ha durado!
-¿Quieres una torta? ¿Estás de voluntario?
-Vine a sacar fotos y no sabes la cantidad de cosas que he tenido que ayudar a sacar.
-La verdad sí me imagino
De los propios escombros salió Hipólito, el Chamán, ahora mucho más vetusto; inspiraba temor o cautela; Pese a la traza, Fernando lo reconoció y lo saludo a la usanza, se dice que ese saludo era pasar una dosis, sabrá Dios y ellos;
-¡Ayúdame hermano!- me faltan tres y me duele la espalda. Igual tu novia, se ve fuerte
-Ella tampoco puede cargar, ¿Están atorados?
-Están en la cajuela y tu novia tiene que ayudar, vengan…
Fernando no volvió a ver a Silvia, con la esperanza de que se fuera, pero ella los siguió, pensó que era una actividad de salvamento. En la cajuela había tres cuerpos semidesfigurados, tan apretados y ajustados que no se entendía de quien era la pierna esa o el brazo aquel.
-¡A ver, órale, sáquenlos!- los señalo con la punta de una automática (la tartamuda, le decía él)- mientras, presta “la pentax”.
Fernando obedeció mientras Silvia seguía en el estupor
-¡No entiendo qué está pasando!
-Verá “noviecita del Fer”, estas personas iban para una fosa, pero ya no me puedo arriesgar, así que se quedan en este hoyo… ya les dí su tratamiento para que parezcan víctimas del sismo
-¡Qué horror!
Por toda respuesta Hipólito tomaba fotos y apuntaba con la pistola hasta que dejaron los cadáveres a su satisfacción
- ¡Perfecto! y recuerda Fer, “deudas de honor…”
Silvia se bañó mil veces y tuvo otras tantas pesadillas, tenía tiempo que no salían esos recuerdos, el silencio de Fernando parecía que ubicaba a Silvia en esa grotesca escena… Siempre deseó que la última vez que lo viera, fuera la última, pero ahí estaban, esperando una fotografía por dentro…
-¿Fumas?
Caminaron a la plaza de Santa María Tepepan, una mirada de reconocimiento a los cigarrillos, ya eran unos Marlboro rojos, los que le mostraba el acompañante de Fernando… Tenía años sin fumar; El acompañante le puso el cigarrillo en la boca y aproximó el fuego para que lo encendiera. Fernando asintió con la cabeza, de manera automática intentó llevar una mano al cigarrillo, pero subió ambas y un destello deslumbró a Silvia, ahí estaban los cuatro, dos fumando y dos convidados de piedra mirando a la rana de Cuevas y a la fachada del Fray Bernardino...  Está de locos, pensó Silvia, exhalando el humo del tabaco, está de locos
- y bueno, dijo Silvia para aligerar el ambiente, que era denso como la concentración de rayos ultravioleta y el ceodos acumulado- ¿Qué piensas de José Luis Cuevas?
- Siempre he pensado que pinta horrible.
El tiempo para Fernando se acabó antes que terminara el cigarrillo; su compañero lo miró y él asintió;  la conversación tenía rato que había terminado, empezó a andar sin despedirse; después de dar dos pasos Fernando se volvió:
- ¿“El Vehículo”…?
- Todavía lo tengo…


“…Los canoeros también

Los que bajaron del tren

Por carretera que

Nadie muera que

Todos lleguen con bien


El fandango aquí

El fandango aquí

Una de las causas es que está

El fandango aquí…”


El fandango aquí (fragmento), Marcial Alejandro, 1985; canción ganadora del Festival OTI, Septiembre 1985


7 de septiembre de 2025

¡Aprestad el bridón!

 

Los mexicanos nacemos donde nos da la chingada gana”

frase atribuida a Chavela Vargas (n. en Costa Rica 1919/ 2012).


Una persona es mexicana de nacimiento, sin dudas, si sus padres lo son; no importa en cual planeta, la estrella ni la galaxia donde moren; si nace en México, no importa de cuál nacionalidad sean sus progenitores; si nace en una embajada o en una nave mexicana, no importa en qué parte del universo se encuentre el navío. Pero, sobre todo, uno es mexicano por designio divino: de las tripas sale el “¡Ay Jalisco, no te rajes! y, ‘pa’ pronto’, te sacaste al balcón mexicanito antártico”.
Para acreditarlo basta pasar un examen en español de la historia mexicana, cosa que me parece excesiva con solo asomarse a un libro de historia pasa a darse cuenta de que el examen es así de difícil. 

Los libros de historia cuentan los acontecimientos con saltos, ganchos y rebusques; el “hombre de Tepexpan" no sabía que era mexicano, pero lo es; ¿Qué le dijo don Agustín de Iturbide a don Vicente Guerrero  que se enojó? ¿Por qué Don Antonio López de Santa Anna era tan coqueto con las mulatas que nos hizo perder tantos latifundios? ¿Cómo perdió Pancho Villa la cabeza? ¿Quién inventó el traje de Charro, fue un austriaco? ¿Qué francés escribió el himno nacional? ¿Quiénes mataron a Calles? ¿Por qué Obregón acabó con Venustiano Carranza, si ni esquina hacen? son preguntas para los peritos históricos quienes son más felices con ellas que sin ellas ¡A mí no me molesten con las respuestas, me quedo con las preguntas!
Uno que llegó yugoslavo, a jugar fútbol, resultó serbio y acabó mexicano; Supe de mucho gringo que se mexicanizó… creo que conocí a uno de esos, pero era gringo canadiense: llegó a Veracruz y empezó a vender seguros para las cargas de los navíos, ¿Sería el capitán Morgan?

Y para algunos el asunto de mexicanizarse es algo que les preocupa.
Algo tiene el ser mexicano porque a mucho deprimido nipón kamikaze se le quita lo suicida cuando descubre que es mexicano. Así fue como regresaron más pilotos del Escuadrón 201, de los que se fueron, varios “Hijos del Sol naciente” vinieron a la tierra del Sol. De pronto: le hierve la sangre, se para a bailar con quien sea una cumbia colombiana, pero ligeramente lento, como mexicano, o un danzón cubano, pero “a las de acá”… o foxtrot americano… pero digo, con su salsa; Si eres así escéptico y crees que no sabes cómo bailamos, pues es así, no más, ¡como te estoy contando!
Lo intrigante es que por acá hay toda clase de ritmos que no eran de aquí y ahora, ya son.
Que la polka, la quebradita, la lambada, hasta la tambora sinaloense llegó con los aires de Alemania y Viena. La Canción dice que de Cocula es el Mariachi gracias a lo francés, negro y gachupín; Vamos que “El torito” que en esa rola piden que le suelten es más europeo que un húngaro gitano. 

Como ves, todo se mueve a lo mexicano, ha de ser la quinta ley de la termodinámica, el universo es tropomexicano.
Ya se sabe que la poblana era china y si nos vamos desgranando vamos descubriendo que hay mexicanos pa’ echar pa’ arriba que ni siquiera saben bien a bien que fueron o serán mexicanos.
No me gustan a mi las teorías de la conspiración; bueno no mucho, porque a todo mexicano nos gustan, algo;  pero mi hermana me convenció de que los olmecas eran extraterrestres que quisieron ser mexicanos… y los mayas… salieron de los parajes centroamericanos y acabaron en Tamaulipas… Por eso se llama huasteca, la potosina (que es una mexicanizacion de cierta región boliviana)

Podría agregar mil cosas más; de lo mexicanizado y lo que han intentado extranjerizar…

Por lo pronto pienso mexicanizarme unos pretzels; los voy hacer con tequesquite… y bautizaremos a las coles de Bruselas con salsa verde