Hoy fue, como otros tantos, un martes cualquiera.
Quedó una silla vacía en el comedor y con ritualismo la dejamos presidiendo todas las comidas de cada día o quizá nació una persona novísima que le dio sentido a la existencia de dos. Uno de esos martes o jueves, pasó con densidades de personas en Ceuta clamando por un pasaporte, o en Laredo o en otra frontera… les iba la vida.
Muchos perdieron la chamba y otros muchos empezaron su primer día de trabajo. Para unos el tiempo empieza y para otros termina. Un acto solidario puede cambiar la filosofía de una persona al igual que una villanía.
Decir que la Encarnación ocurrió alrededor del año 754 ab urbe condita (AUC) —la escala romana que contaba el tiempo a partir de la fundación de la Ciudad Eterna por Rómulo y Remo— es situarnos en un calendario que no sabía que estaba a punto de quedarse obsoleto.
Para Tiberio, para los senadores en Roma, o para Publio Sulpicio Quirino en Siria, aquel momento del calendario no tenía nada de extraordinario. El Imperio funcionaba con la pesada maquinaria de su propia burocracia:Se pagaban impuestos, Se registraban censos (como el que obligó a una pareja de campesinos a trasladarse a Belén) Los legionarios marchaban a las fronteras. El pan se horneaba, la gente discutía por el precio del grano y los mercaderes contaban denarios.
Fue, a todos los efectos prácticos de los hombres de entonces, un martes cualquiera en la periferia de una provincia secundaria.
La ironía del contador
Hay una ironía histórica maravillosa en todo esto: hoy el mundo entero —incluso los países no cristianos, la ciencia, la economía global y los sistemas operativos de las computadoras— cuenta el tiempo tomando como punto cero ese "martes cualquiera".
Un judío en Nueva York, un banquero en Tokio o un científico ateo en un laboratorio de Suiza firman sus documentos con una fecha que pivota sobre el nacimiento de un niño en un establo comunal. El calendario romano, con toda su soberbia militar y sus arcos de triunfo, terminó siendo rebautizado por un monje del siglo VI (Dionisio el Exiguo) que echó cuentas hacia atrás para declarar que el imperio de las fechas ya no le pertenecía a César, sino a ese acontecimiento oscuro en Judea.
San Agustín y la "Ciudad de Dios" en lo cotidiano
San Agustín entendió magistralmente esta paradoja. En La ciudad de Dios, Agustín contrapone la historia visible (la de los grandes eventos, los triunfos militares, las coronaciones y los decretos imperiales) con la historia real y silenciosa, que ocurre en el interior del corazón humano y en la trama ordinaria de los días.
Los hombres de Roma creían que el destino del universo se decidía en el Senado o en las batallas del Rin. No tenían forma de intuir que el eje gravitacional de la historia humana había cambiado para siempre en la choza o cueva de un pueblo de mala muerte del que los cultos de la época se burlaban: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?».
El consuelo de la historia silenciosa
Esto nos devuelve a la finitud y a la modestia del "aquí y ahora".
Nos han enseñado a medir la vida con la lógica de los titulares, de los grandes quiebres geopolíticos o de las revoluciones tecnológicas (la IA, la era digital, el this is it). Pero la lección del año 754 AUC es que los acontecimientos de verdadero peso ontológico y humano casi nunca vienen acompañados de cornetas ni de campañas de prensa.
Ocurren en la penumbra de lo cotidiano, en la solidaridad mínima, en asegurar el pan y el techo, en un gesto de bien que nadie registra. La historia grandilocuente se escribe con el ruido de los imperios; la historia que permanece se teje en los "martes cualquiera" de la gente común.
2 comentarios:
Chuchi rige
Quise decir Chuchįn rige, bravo Cachinnus
Publicar un comentario